
Un día y una noche de catástrofe, aventura pero, sobre todo, inolvidable.
Empezamos despertándonos en casa de la familia de Alex como la mañana anterior: sin prisas, con desayuno y a gustos. Decidimos buscar un albergue por Internet que pudiese alojarnos cerca de Burgos (Castilla y León) para poder viajar a un pueblo llamado Villandiego y después explorar la ciudad de Burgos en si.
El albergue que encontramos se hallaba en Arija, un pueblo situado alrededor de un pantano que sirve de zona de actividades deportivas en verano y que en invierno es conocido por estar tan vació como las praderas llenas de nieve que lo rodean. Sin embargo, cuando empezamos a acercarnos a Burgos, descubrimos que lo único peligroso y solitario de esas zonas eran sus bajas temperaturas.

Para llegar hasta el albergue, teníamos que tomar una carretera nacional bastante remota y solitaria pero que nos llevaba a nuestro destino en menos tiempo. Por esta carretera vimos diversos pueblos pequeños de montaña con nombres curiosos y poca iluminación. La solitaria aventura nos llevo a hablar de diversos temas terrorificamente frikis tales como zombis, habitantes de montaña violentos (hoygans), animales mutantes y otros temas que vendría bien no mencionar. Lo que no sabíamos es que en ese mismo instante, el coche pasaría encima de algo solido que dejaría el coche averiado en aquella solitaria carretera.
Bajo la luz de las múltiples estrellas que alumbraban esa noche, algunos intentaban reparar el coche mientras que otros intentaban ver que demonios había sido eso que habíamos atropellado. Finalmente, una grúa y un taxi vinieron a por nosotros y a por nuestro querido coche. El coche ahora mismo esta en un taller desconocido mientras que nosotros estamos a salvo en un albergue, degustando de nuestra cabaña de seis literas y dos baños.Por cierto... Adivinad lo que atropellamos...







