Nos levantamos sin prisa alguna, organizando nuestras maletas (con una lentitud digna de un zombie) para meterlas al coche y partir rumbo hacia Salamanca. Esto se convertiría en un proceso tedioso que nos haría salir, como siempre, bastante tarde.
Desgraciadamente, el cansancio de la mañana solo empeoro la situación: durante todo el trayecto del viaje, nos cruzamos con lluvias torrenciales, niebla y carreteras húmedas. Sin embargo, pese a estas dificultades, Alex y Vicent nos sacaron adelante.
A parte de esto y el hecho de que cada bar o restaurante de carretera careciese de comida o de sentido del humor, el viaje tuvo poca emoción y el día y parte de la noche pasaron sin mucha emoción ni peligro.

Por suerte, después de comprobar nuestro nuevo hogar (un albergue bastante bueno y barato en el centro de Salamanca), salimos un rato a explorar y encontramos un bar bastante decente que servían barra libre hasta las dos de la mañana por 4€, pero solo de un tipo de bebida. Vicent y Xemy eligieron cerveza mientras que Francis eligió Kalimotxo y Alex ni bebio. La verdad es que la noche anterior nos había dejado bastante muertos y, a pesar de que todo el mundo en el bar estaba haciendo algún tipo de fiesta del pijama y quedaban al menos veinte minutos de barra libre, decidimos recogernos pronto y descansar para la verdadera fiesta en salamanca.
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